Monnegre. Un lugar bajo el sol
A menos de 30 kilómetros de Alicante, las sierras sobrepasan los mil metros y se visten de pinar o se entregan estériles al abrazo del sol. Eso es Monnegre, el cañón por el que discurre el cauce de un río que termine desembocando seco en el mar, ni una gota le llega, todo a la reseca tierra de cultivo de las huertas de la pedanía. Monnegre se encierra en sí mismo, se reseca, aflora el mineral y se descarnan las cárcavas. Por la senda que lo cruza llega el pastor y hace un alto mañanero para charlar de cosas de Xixona, de lo que fue y de lo que es, de lo que es la vida, del ir y venir por el camino del redil a la casa y de la casa al redil. Hubieron, dice, tiempos mejores. Cabe pensar que sí, siempre ha sido así, los de verdad y los imaginandos, sobre todo los últimos.Recuerda como a El Almendro la compró Pilips Morris, sin la h, que en la gramática española no se pronuncia. Porque de los herederos uno se hizo abogado y otro misionero, y no estaban los nietos por llevar la industria. Y los de Philips no dieron con el negocio y lo vendieron a uno de Toledo que se quedó con la marca y vendió la fábrica a una inmobiliaria. Ahora sestean las gruas donde antes se almacenaba la almendra y la miel. Entre todas las ovejas algunas cabras y de estas una camina cansina sin mezclarse con el rebaño. Cuando el pastor se para ella se tumba a sus pies. Es que, nos dice, de chica la alimenté yo con biberón y es más faldera. El perro, hecho un cristo por culpa de un mal corte de pelo, nos mira inquisitivo, desconfía pero mueve la cola. Podría ser el inicio de una buena amistad, pero no hay tiempo. Quedamos en vernos otro día: por aquí ando, nos dice. Pues ya nos pasaremos. La carretera que sigue el cañón hasta su final en el llano marino es lenta, pendiente, hecha de curvas imposibles y de asfalto que perdiendo los bordes se achica.Todo son avisos de peligro, desprendimientos, uno se imagina esto cayendo una de esas lluvias torrenciales que se encajonan en torenteras vertiginosas y todo se lo llevan a su paso. Mal asunto si te coge una gota fría, le dice a su acompañante. Dos coches no pasan, se dice el conductor, aunque sabe que si eso sucede pasarán, todo es ponerse. Y finalmente es así y pasan, un leve saludo de cabeza y otra vez solos bajo el sol de mediodía.
Calblanque: un lugar infinito.
Los límites son mapas, planimetrías, caminos, carreteras, vallas, cercas, todo lo que el hombre ha creado para delimitar el territorio, que es la propiedad. Primero fue esta y después la cerca, el perímetro defensivo. Antes, el paisaje era infinito en el sentido de que lo finito era algo salvable, pues al cabo de todo y con esfuerzo, un río o un barranco podían salvarse, y cruzarse el mar o el desierto. Lo infinito venía a encerrarse en una simple expresión: más allá. También, antes del lenguaje, era probablemente un signo gestual, extender un brazo al final del cual se extendía un dedo. El infinito conducía a dar vueltas en torno al retorno, en catalán se dice “roda el mon i torna al born”, que es como decir que después de idas y venidas, vueltas y revueltas, acaba uno en casa, en la casa de siempre.
Calblanque es un lugar que queda. No importa que esté rodeado de límites finitos, edificados con los colores de la vida del siglo XXI, porque rodeado de ellos viene a abastar un espacio infinito que es el de la mirada y la aventura que se da en el continuo caminar dándole vueltas, cruzando sus cerros de mineral, recorriendor el acantilado o subirndo y bajando por oteros y hondonadas de esforzada naturaleza parda o pizarrosa, de la brillante naturaleza de los colores de las flores mínimas que se aferran a su lugar y se muestran. A Calblanque lo lame el mismo mar que a Africa y a Oriente y a él se asoma con la sencillez de estar de la manera más natural del mundo en su lugar y en su apariencia.
Uno piensa que a Calblanque podría venir a morir el último hombre sobre la tierra, para encontrarse a si mismo en un principio fósil, inalcanzable, caído sobre la arena y mirando el último mar de la tierra, para decir en su pensamiento: he vuelto a casa.
Los tiempos son malos.
En la entrada anterior de este blog he mostrado los minutos posteriores a un parto de un potrillo en medio de la nieve, de un paisaje inhóspito, de un frio cortante y silencioso, y también de una abrumadora belleza. “terrble es todo ángel, escribe Rilke y cito de memoria, porque en su belleza desdeña destruirnos…” Es rotundamente cierto.
La llegada al mundo de un potrillo carece de significación trascendente para lo humano, es, todo lo más, algo a ver, una ternura que emociona, una experiencia más o menos intensa, pero poco más. Un potrillo no es nunca parte de la vida y en la memoria termina siendo como una fotografía, que solamente aflora cuando se abre la caja vieja que las contiene, o aparece en pantalla desde un fichero de recuerdos. Pasamos, se dice quien esto escribe, junto a las cosas que expresamente adjetivamos como bellas, con la indiferencia de quien las teme, seguro de que la contemplación emocionada e inteligente de esa belleza podría destruirnos. Acumulamos, sigue diciéndose el que esto escribe, las cosas bellas para convertirlas en adornos que decoran nuestro lugar y tiempo, convertidos ambos en la inmensa pirámide sepulcral en la que los objetos nos acompañan para el eterno viaje de la corta duración de su vida.
Lo humano tiende a vivir en la seguridad del futuro, ese es el hilo del progreso, y lo que llamamos tragedia es saber que finalmente el futuro irremediable es la muerte. La potencia de la belleza contenida en los hechos ajenos, no solamente en su representación, sino en su esencial acontecer, es de tal índole, que si parámos en reparar en ellos, podría destruirnos llevándosos al caos, o lo que es lo mismo que el caos, a seguir una senda que no conduce a lo concreto, lo predecible, lo que es y será porque está determinado. Esa belleza no es solamente tal, adorno y recreo para la vista o el espíritu, sino que en su ser, en su naturaleza, se nos muestra como revolucionaria.
El fotógrafo volvió a la pradera y buscó entre las decenas de yeguas, caballos y potros, a la pareja que abandonó en la nieve dos tardes antes, mientras él potrillo, trataba de levantarse del suelo y no encontraba la manera de desanudar sus largas patitas. Por la mancha blanca en el belfo de la madre, le resultó fácil llegar a ellos, y entre desconfianza y recelo, los fotografió para su propia eternidad en distintas actitudes. Finalmente, obligado a elegir una imagen para este blog, para terminar esta breve historia, esta brevísima reflelxión sobre el poder de la belleza, tomó ésta del encabezamiento, en la que la pareja, madre e hijo, caminan decididos hacia un esplendoroso futuro de hermosas praderas, felices e ignorantes de lo malos que son los tiempos, estos tiempos que corren.
El silencio de una nevada de primavera en Azálvaro
El silencio, el que lo oculta todo y es absoluto, aquel en el que no se percibe el piafar de los caballos, o el golpeteo sordo de los casos sobre la nieve, o el chapotear al cruzar el Voltoya, o el susurro del viento que cae del oeste, a contra luz podría decirse, o el lejano ataque de los coches que se arrastran por el asfalta que parte la campa en dos. El silencio de los copos cayendo en un flotar que nos envuelve y convierte en pequeños muñecos prisionesros de una esfera de cristal, como juguetes de un souvenir de cualquier lugar. El silencio que se apropia de uno y le deja ensimismado en más que una soledad, un arrobamiento es, vivir ese silencio y canturrear por lo bajo por animarse para combatir el frío. El silencio que se prende los dulces, tranquilos, soñadores ojos de los caballos y llega como una caricia. El silencio de la criatura que acaba de ser parida y uno no lo ha percibido, apenas a cincuenta metros, hasta que la nieve removida y el color oscuro del líquido le hacen entender que aquella figura erguida junto al potrillo que está tumbado y rebulle, en la lejanía rebulle y es apenas nada el movimiento, la madre y el hijo, como una piedad más, una hermosa, herida, paciente y esforzada piedad. El silencio del disparador de la cámara, del respirar agitado, de los propios pasos, del frotar sela tela del cortavientos con ella misma. El más bello de los silencios, el de uno mismo.
La arruga es bella
La del tiempo, siempre es la arruga del tiempo la que hace que las cosas decantándose en sí mismas se conviertan en bellas. No hay arreglo posible, no existe cosmética que de aplicarse produce otra cosa. Una nueva apariencia es un nuevo ser, pues ¿no es eso lo que se busca cuando se acude al maquillaje? Ser otro es un imposible. No hay espejo que pueda remediar y manipular el convencimiento íntimo de que se puede engañar a los otros, una vez, dos, a uno o a unos cuantos, pues como dijo Brecht “no se puede engañar a todos todo el tiempo”. Además, no hay siempre, la arruga indica la tendencia, el camino.
Estas arrugas de la pared, de los estucos, de la cal y la pintura, del muro cuarteado y agrietado, toman como aliada a la luz y se transforman. La belleza necesita de la luz para mostrarse. Una vez más la evidencia de la permanencia imposible si no hay luz y espectador. Estas ruínas quedan transformadas bajo los focos inmensos del sol en una sesión fotográfica, que no es cualquier cosa, porque es un testimonio de un momento, una mañana, una mirada, un instante que se convierte en testimonio, cuando la arruga se mostró en toda su belleza.
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La mujer más bella o Sobre la fotografía y la realidad.
Conocí a Dorothea Lange a partir de esta fotografía hace años, bastantes, y desde entonces la considero mi amiga, aparte de esto tan escaso no sé nada de ella salvo que murió de cáncer en 1965 y que el año anterior el MOMA le había dedicado una exposición antológica. He visto sus fotos y ellas me han llevado al libro de Susan Sontag “Sobre la fotografía” que publicó Edhasa y que recomiendo con el fervor de los conversos. Dos mujeres y una sola visión a través del objetivo. La primera fue fotógrafa y la segunda es escritora y ensayista. A las dos mi agradecimiento.
A menudo, cuando se establecen diálogos sobre la función del arte, y entre ellos se incluye a la fotografía, sucede que entre teorías abstractas y vaporosas suelen vagar los autores, adscritos a diversas escuelas, o tiempos, o modas. El diálogo se establece sobre aquellos que produjeron arte y nos ofrecieron su obra, pero pocas veces se centra el foco de atención en los que ven el arte, los que toman esa visión y la asimilan hasta convertirla en parte de su imaginario. No hay obra que no pueda producir un impacto de suma al conocimiento propio del tiempo y la historia. Las neuronas se agitan ante una imagen y buscan elementos referenciales, de tal manera que una foto nunca lo es en sí, sola en sí, no puede encerrarse en si misma, sino que atrae a la información guardada, y de manera automática ya no es la foto que hizo el autor sino que es la imagen en el contexto en que la fijamos.Esa es la perversidad de las imágenes del film de Leni Riefenstahl “El triunfo de la voluntad”, (1935), en la que la belleza formal y la perfección técnica ofrecen una apología del nazismo, pero nuestro conocimiento de los hechos posteriores nos enfrenta a su mensaje de manera radical: la imagen no es bella, porque sabemos lo que fue después. Si ignoráramos la realidad que fue, el fenómeno socio político sería bello.
Yo nunca conocí a esta madre de la Lange, pero la amo. Me parece bellísima y sé que ello es así porque además de su estética impecable (también este adjetivo está mediatizado), inspira mi piedad. Todo lo que inspira la piedad es bello, aunque a menudo sea groseramente horrible. De ahí la morbosidad innata que produce la contemplación de las ruínas. Durante el siglo XIX el romanticismo eligió como motivos de fervor y exultante emoción la ruina y la muerte, com telón del fondo al amor apasionado y desesperado. Ni Schiller, Ni Byron ni siquiera nuestro Becquer, sobrevirían sin esos componentes. Volviendo a “La madre” de Dorothea Lange, la imagen me conduce al film de John Ford, “Las uvas de la ira” y a toda la estética potenciada por los recursos técnicos de la época del New Deal. Esta mujer que sostiene en su mirada toda su tragedia, que es la del mundo entero, es contemporánea de Al Capone y de Benito Musolini. En la mirada de ella está el fracaso de la historia, podemos pensar.
Susan Sontag, en su libro citado, nos dice que la fotografía produce el “pathos generalizado de la añoranza”, que es lo mismo que afirmar que en todos los humanos existe una pulsión patológica a recordar y añorar. Cuesta aceptar que el espectador, sea cual sea, se muestre objetivo ante una obra, porque presuponga que puede permanecer ajeno al mensaje que aquella emite, aunque ese mensaje sea mudable porque el tiempo y sus contenidos suelen cambiar las percepciones. Antes de Auschwitz las fotos y las películas de Leni Riefenstahl proponían un mensaje de orden social y de belleza que en su contexto formal y técnico era magistral, y si a priori podía asustar a algunos, fascinaba a otros muchos. Después todo cambió, aquella belleza había engendrado al monstruo. Dentro del conocimiento se había instalado el antídoto.
La Sontag escribe, creo que muy acertadamente, cuales son los medios por los que el espectador se asoma a una fotografía.
Éstos son, desde luego, estéticos ( como el primer plano o la abstracción por la vía de la atomización ), técnicos y objetuales, pero también socio-históricos en la medida en que desde su nacimiento ha sido parte de los modos de representación de la burguesía y, por extensión, de las clases medias.
El sexo y la pobreza ( como también la riqueza ), núcleos temáticos que aparecen de alguna u otra forma en un altísimo porcentaje de las fotografías que vemos diariamente, se trasforman en códigos semánticos de los métodos perceptivos actuales.
Pero no forman parte de una realidad extensa, sino una estrecha realidad no compartida por esa clase social creadora de ideología.
Uno de los aforismos de su libro podría aplicarse a esta madre que lo alto de este post nos contempla: “la fotografía es la realidad y el objeto real a menudo se considera inferior”.
Bicicletas
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Alguien en bicicleta es alguien ensimismado. Uno ensimismado pedalea ajeno a lo que le rodea. Todo lo que discurre alrededor se mueve como las imágenes en la pantalla de un cine, inabordables sino es para la atención, encerradas en su propia dinámica. Cuando alguien se ensimisma se convierte en el centro de un universo deshabitado, como en el relato de Bioy Casares en el que las imágenes de la invención de Morel le proporcionan un ámbito habitable que se repite sin ser accesible. No hay seres vivientes para uno sino imágenes para acompañar. Así transcurre la marcha, en una cinta inacabable, o inacabada, pues no solamente es la que está sino la que se avanza, la que se hace, la que desaparece dejándola atrás.
Alguien en bicicleta es una metáfora de la vida, en la que ya se sabe que uno nace solo y muere solo y el resto es acompañamiento. La obra escénica, y la vida lo es, solo tiene principio y fin y lo que discurre entre ambos puntos es la acción que determina el tiempo. Aristóteles decía que “tiempo es la medida de la acción entre dos puntos”. En el principio habita la esperanza y en el final el conocimiento.
Tengo un proyecto en marcha hace algunos años: fotografiar ciclistas en su pedaleo continuo, que mi fotografía detiene en infinito.





